El sol de enero


Ayer, ella vió el océano por primera vez. Se quedó paralizada, pues no entendía los sentimientos que la abordaban bajo las gasas de su vestido, ni la electricidad en su piel enrojecida.
Ella nació bajo el sol ardiente de junio, sin embargo, sus manos no brillaban con el dorado del Sol. No era hija del día, sí de la noche...

Siempre quiso una habitación propia, un lugar donde callar el alma entre óleo, papel, tinta o negativos. Una habitación propia donde vomitar las entrañas.

Ella surgió del amor.

Ayer, ella vío el oceáno por primera vez. Sintió dos emociones encontradas... De nuevo, la contradicción...

Lo primero fue inmensidad, y desde ese instante supo que era, también, hija del mar. Se sabía un horizonte como guía, pero no tenía ningún mapa que trazase su destino. Sabía que tendría un inmenso cuaderno de viaje, tan grande como la gran mancha de agua. Lo segundo que se apoderó de ella fue miedo; miedo a ella misma...
Pintura: Frederic Leighton (1895)

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