Incandescente




Era el momento de desvanecer entre los cuerpos desnudos y resbaladizos.
Esos que me engullen en su agujero.
El sudor resbala entre nosotros a modo de masilla adhesiva.
Me atrapan, me devoran…
Se extienden como una pandemia, lento, tan rápido…
Devuélveme la locura en el incesto de las noches perdidas…
De repente el silencio me hace abrir los ojos, mi respiración desencadena una melodía propia de las escenas de terror. Y tiemblo bajo la luz de la farola. Un miedo instalado en mi costado izquierdo desde que era niña.
Del callejón surgen los cuerpos desnudos y mojados, son zombis, sedientos de pasión. Yo, su mejor víctima.
La farola estalla sobre mí, pero los cristales salen disparados de mi cuerpo.
Mi cuerpo está más blanco que de costumbre, el haz de luz se incorpora desde mis entrañas hasta mis uñas de hiena.
Sus ojos, tan inquisidores, me atraviesan el alma sin darme la oportunidad de defender mi casa. Demasiada sed, demasiados años envueltos en una toalla sucia, tan sucia que no sabría describir su color. El olor, instalado entre sus hilos me hace vomitar, y grito.
Del grito sale más luz, luz convertida en llamarada. Los cuerpos se retuercen envueltos en las llamas.
Incandescentes
Se vuelven metal, tornan al rojo más sangriento y cobran vida, de nuevo. Son más fuertes, más fuertes que yo.
Cierro los ojos, respiro el olor a tierra mojada, me empapo de la frescura de la hierba de la mañana, de la brisa del mar al amanecer y me hago más fuerte.
La farola se ha quedado sin luz. Ahora es mi cuerpo la única irradiación. Voy con paso firme, y los miro, los desafío…
Miradme, bebo de la rosa de los vientos.
Me agarran de los tobillos, de la cintura, de los pechos, de mi sexo. Creen llevarme, pero la victoria ya es mía.
Al fin se vence a lo que se teme
y se gana la victoria que se
creía perdida
Imagen MJ Gutiérrez Sánchez

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