The way

Llegó de noche, aún no nevaba y en el suelo apenas quedaban hojas. El olor, en un principio, le pareció familiar. Así que siguió caminando en dirección a la catedral, el olor se iba metiendo cada vez más en sus pulmones. Se tropezó y cayó de bruces contra el suelo. La bocanada de aire se mezcló con la arena, posiblemente nunca sintió nada igual, no era el dolor en sus rodillas o en sus manos, ni tan siquiera el pensamiento de que alguien hubiese llegado a ver esa caída tan tonta. Mientras masticaba la arena sintió, por primera vez, que estar besando el suelo no era tan malo.

Así fue como él lo describió.

No, no fue tan malo. Nos pasamos la vida intentando conseguir objetivos, envidiando la vida de quienes nos rodean y nos vamos muriendo en el intento. Yo, por mi parte, nunca envidié la vida de nadie, pero empeñé mis años en buscar un tesoro que no me pertenecía. Y allí me encontraba, perdido, y masticando lo que tantas noches ansié. Tan sólo tierra, pero esta tierra olía y sabía diferente, no era ni peor ni mejor que otras que ya había pisado. Era la tierra en la que quería estar. No me pertenecía, no le pertenecía a nadie. Comprendí que sólo hay una cosa que poseemos, pero tardamos demasiado tiempo en darnos cuenta.

Mientras me hablaba le ofrecí algo de beber. Sólo aceptó agua. Bebió y me masajeó los pies.

Tenemos 4 regalos que nos permiten avanzar. Tú, tienes dos manos, una, quizá más fuerte y hábil que la otra, pero si te falta la más torpe la otra no funcionará igual. Yo, tengo también dos manos, pero me faltan algunos dedos, así que digamos que aprendí a valorar no los que había perdido sino los que me quedaban. Tú tienes dos piernas con tus dos pies, que para mí son la misma cosa. No somos tan perfectos como creemos, ni tan imperfectos como nos lamentamos. Con mis manos hice grandiosos actos: recolecté, comí, bebí, sentí a las personas que se cruzaron en mi camino y estreché sus manos. Con mis pies pude emprender varios caminos, endurecí mi piel con cada paso hasta que un día dejé de sentir las piedras del asfalto.

Cogió su bolso y bebió un poco más de agua y me dijo adiós. Pero no pude dejarlo marchar sin preguntarle por qué se iba si ya había encontrado su sitio y qué era lo que poseía.

Eres muy joven, y veo que no has entendido nada de lo que te he hablado. No te culpo, yo he tardado una vida en darme cuenta, y necesitaría otra para poder explicártelo. Si me permites compartiré contigo un pensamiento que no es mío pero que me ha servido para llegar hasta aquí. Kafka escribió: "no hay que creer que todo sea verdad; hay que creer que todo es necesario"

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