Sesenta y tres minutos en Berlín

Corría sin rumbo, a veces volaba entre las vías del U-Bahn. De una esquina a la otra. Como niños desquiciados. Borrachos sudados. Viejas abandonadas por el muro. Lo reconozco, una parte de mí se encantaba de todo aquello; otra, lloraba bajo el asiento negro de estrellas.

El hombre que tocaba llevaba los bolsillos cargados de meteoritos, de estrellas fugaces y animales salvajes que buscaban la libertad en la rapidez de sus patas. Yo, me recogí el pelo.

Me encontré a un héroe, no sé si de Afganistán, Turquía o Grecia. No vestía capas ni mayas ajustadas. Llevaba puesto lágrimas por chaqueta, vergüenza por pantalones y resignación por zapatos. Su eslogan: "Das ist einer schwergefasste Entschluss. Meine Kinder sind hungrig"// "Esto es una decisión de peso. Mis hijos están hambrientos".

Habían pasado sesenta minutos y mi encantamiento había sido redado por el traficante de drogas. Como si llevara veinte y siete años esperando a que me gritaran: "Das ist n'kiffer"// "Esta es una colgada".

Tres minutos y 3 millones quinientos 2 habitantes. Ya no había niños, los borrachos vomitaban su propio sudor, las viejas habían saltado el muro de la cordura, el héroe se había convertido en villano y el traficante en canciller.

Minuto cero.

Mi parada U8 Karl-Bohnoeffer-Nervenklinik. Subo las escaleras mecánicas. Los locos esperan para cruzar la calle. Yo, estoy despeinada.

Deshechos de un Berlín desfigurado

2 comentarios :

Anónimo dijo...

Berlín no es el Berlín que a veces imaginamos…Bonita entrada

Un beso, rosa


Sara.

Anónimo dijo...

que triste tiene que ser estar con tanta gente y a la vez tan solo,esas ciudades tan grandes a mi me deprimen aun sin conocerlas.